Presentación

Un cuento semanal es el objeto de este blog, empezando el 18 de noviembre de 2.008. Hasta agotar, si es posible el deseo de contar algo. -¿Qué loco, no?-. ¿Cuarenta o cincuenta al año? Son números, que se pueden pensar y quizás no cumplir. Pero en todo caso es un estado de ánimo expuesto aquí para compartirlo con ustedes. ¿Con calidad o sin calidad? Sea como dijera Ernesto Sábato, en El escritor y sus fantasmas: para dar curso al alma. ¿Y el dinero, por si acaso uno de ellos, fuera de las cosas del alma, valiese algo? Para mí no tiene importancia. Son de ustedes los relatos, de la gente en la calle, de sus vidas. No pido créditos mercantiles, sino respeto a la autoría... Desde hace tiempo sabemos que los vientos están compuestos por la vanidad humana.
La mecánica es irlo publicando a medida que se construye, sin correcciones hasta el final, incluyendo las anotaciones marginales que guían su elaboración. Probablemente presente el texto fallas (muchas veces mi dislexia me juega malas pasadas), desarreglos ortográficos, problemas de concordancia, pero serán provisionales, mientras como organismo crece y se hace al parto. No tengo problemas en reconocer esto, dado que se me ha convertido en hábito. Tirar las cosas en bruto y luego
formatear. Luego se hará la revisión final. Entonces -tengo la esperanza- hablaremos de una criatura más cabal, de un artefacto más tallado o jardín podado. ¡Hay tantos lugares comunes para hacernos comprender...!

lunes 8 de diciembre de 2008

Bambino viejo

Josh Basora hojea la prensa en un cafetín de la avenida Rafael Urdaneta.  Es viernes aún por la mañana, pero se nota ya el ajetreo típico del fin de semana, esa apurada carrera de los caraqueños por llegar hacia el final del día y gratificarse con unas cervezas, comidas o, según sea el caso, aventurilla amorosa o familiar.   La gente gasta a montones, principalmente porque la navidad se acerca, y eso lo exacerba, lo pone de puntillas para el trabajo, porque significa que habrá más dinero en su bolsa para cuando se venga la noche.  Es la garantía para sostener sus últimos años de vida.

Mas su café lo disfruta plenamente, mirando a través del ventanal el paso apresurado de la gente en la calle.  U hojeando los titulares.  Más allá, levantando un poco la vista, justo frente a la Plaza La Candelaria, se destaca su puesto de trabajo:  solo, límpido y alto sobre la vialidad.  Hará apenas unos días cuando se lo prestó a uno de los nuevos fiscales de tránsito que puso el gobierno a trabajar, para que dirigiese mejor el tráfico desde tan magnífico pedestal.  Pero se lo tuvo que reclamar al regreso, porque el fiscalito parecía haberle tomado gusto al puesto y no se lo quería regresar.  Así sería de bueno.

Josh Basora no se apura.  Sabe que en pocas horas levantará el día, y no tiene objeciones en retardarse en su pequeño placer, fijando su ánimo entusiasta para más tarde.  Lo importante es que hay gente y tráfico a granel, de manera inevitable —se dice—, conviniéndole la congestión a las mil maravillas.  Ni cien policías de tránsito podrían impedir que los transeúntes lo mirasen, desde las aceras o el interior de los carros, él mismo contribuyendo con la pegajosa circulación de tanta alma apresurada en la ciudad.  De hecho, no se podía hacer otra cosa que mirarlo amenamente desde la butaca de un vehiculo en cola o desde una aglomerada esquina de personas que esperan el cambio de luz en el semáforo.

—¿Más café, señor Josh? —le pregunta el cafetero, esbozando su eterna sonrisa burlona.

Pero él apenas se inmuta, moviendo negativamente la cabeza.  Su vista había dado con una viñeta de esas del periódico, de denuncia social, que de pronto lo sume, relampagueantemente, en el recuerdo de su difunta esposa, pérdida, por cierto, en un accidente vial, cinco años atrás, en el mismo sitio donde ahora trabaja a diario, ahí en la esquina Candilito.  Es la tristeza de sus años —se repite siempre que no puede evitar la vena torva de su tragedia—.   De manera fulgurante, como el mismo rayo, la trae a su memoria, tendida sobre el pavimento, rodeada de gentes, atropellada por un motorizado.  Cinco años hará, de los cuales dos y un tercio lleva rindiéndole el homenaje de su trabajo en el mismo lugar, como para que ya no tenga que recordar nada, ni traerla de ningún lugar, ni sufrir tanto, y siga estando allí, como estuvo siempre, siendo parte de su vida corriente. Y así mismo, de modo tan fugaz, la recoge también, acaricia su pelo blanquecino, la coloca en la urna y la despide hasta el camposanto, retornando a la estampa presente del periódico, donde un indigente aparecía sentado sobre el suelo rodeado de numerosos motociclistas.

Josh Basora vuelve a lo suyo, sonriéndole al empleado, aunque no puede evitar el surco de una vieja lágrima en la mejilla.  Así se había tornado en los últimos años, combinando alegrías con tristezas, como cuando llueve sin que el cielo se nuble.  Debía mezclar el sol con la luna, como en las viejas historias infantiles, que ponían al sol a cortejar a la luna como a una dama presuntuosa.  Un hecho normal cuando se trabaja de manera tan pública lo hace.

—Es el aire, hijo —le dice al cafetero—, que me aporrea los ojos.

El cafetero expele un sonoro silbido y se hunde en la penumbra del local, levantando las manos, semigirando la cabeza.    Josh, definitivamente, se siente optimista, sabiéndose dueño del poco dinero que pudiese necesitar para continuar viviendo.  La gente le da vida a la calle, a rabiar, si así es posible expresar el sentimiento contrario de entusiasmo.  Termina su café, dobla el periódico y lo coloca debajo de un brazo, extiende sus manos frente a sus ojos y las abre y cierra, mirando la ribera arriba de sus muñecas y brazos.  Allí falta el bello, y unas oscuras manchas, ya de cicatrices, rodean su periferia.  Es la marca de su trabajo...

Josh se inclina un poco, toma el aro del suelo y se lanza a caminar, entre el río de gente.  Cuatrocientos días continuos en lo mismo le dan movilidad a sus pies, que saben a ciegas dónde pisar.  Y también los cuarenta años en Venezuela, desde que se vino de Italia, de la que apenas recuerda ciertos árboles del frío.  Cuando le preguntan por su origen, suele responder que ama al país como a sus propios hijos, dos bambinos que se habían ido a Italia, a casa de sus abuelos, todavía en forma de bambinos, sin volver más; que Venezuela le había dado dos hijos, aunque no los tuviera con él.

Su cuerpo cuadrado parece bambolearse al caminar.   Setenta y cinco había cumplido dos meses antes, y solo la tristeza y soledad lo habían empujado a la calle a trabajar. Aprieta con fuerza la mano que sostiene el aro, lo mismo que la otra, vacía, misma que dirige hacia el interior de su pantalón bombacho para sacar su bolsa de monedas.  Se siente fuerte y optimista, salud que jamás había encontrado en la penumbra de su apartamento desde que Aída se marchó.  Tal vez fuera el mes de diciembre —piensa—, que todo parece revivificar... recuerdos incluidos..., como tal vez fueran los carnavales de su país, aunque no los recuerde...

Tal vez.  Lo cierto es que Josh siente tal exaltación por sus minutos presentes de vida que imaginó que si la muerte le viniera la recibiría en paz.  Apenas un hilillo de remordimiento lo mortifica, ese sentimiento de mezquina alegría que suelen sentir las almas cuando están muy unidas a otras.

—Pero ya no veremos, Aída —se recompone, murmurando en voz alta—.  Sólo es cuestión de tiempo, quizás de horas...  Nadie sabe.  Sólo sé que estás aquí conmigo, donde me la paso la mayor parte del tiempo —sigue murmurando cuando se para en la acera y mira el lugar donde cayese su mujer.

La multitud lo mira.  El tráfico se detiene.  La luz cambia a rojo para darle paso.  El fiscal de tránsito se baja del montículo en medio de los dos canales de la avenida Urdaneta para darle sitio.  Muchos sonrientes, otros expectantes; los más, burlones.  Al fondo la plaza hervía de rebullicios.

Josh cruza la calle impasible, acostumbrado al efecto causal de su persona.  Se baja, mientras tanto, las mangas de su camisa hasta las muñecas, abotonándoselas.  Llega a la isleta de la avenida y, con alguna dificultad, sube al montículo, bajo la mirada casi odiosa del policía de circulación.  Abre y coloca su bolsa de monedas sobre el piso.  Mira el sitio de su esposa y luego, como encomendándose a la Providencia, se concentra en su tarea, sonriendo inicialmente.  Levanta el aro y, calzándolo en una de sus muñecas, lo empieza a girar de manera imperturbable, indetenible, como hacen las bailarinas con la cintura.  Allí habrá de esperar la llegada de la noche.

Las monedas empiezan a caer a sus pies.

[falta corrección]

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martes 18 de noviembre de 2008

Presentación

Un cuento semanal es el objeto de este blog, empezando el 18 de noviembre de 2.008.  Hasta agotar, si es posible el deseo de contar algo.  -¿Qué loco, no?-.  ¿Cuarenta o cincuenta al año?  Son números, que se pueden pensar y quizás no cumplir.  Pero en todo caso es un estado de ánimo expuesto aquí para compartirlo con ustedes.  ¿Con calidad o sin calidad?  Sea como dijera Ernesto Sábato, en El escritor y sus fantasmas:  para dar curso al alma.  ¿Y el dinero, por si acaso uno de ellos, fuera de las cosas del alma, valiese algo?  Para mí no tiene importancia.  Son de ustedes los relatos, de la gente en la calle, de sus vidas.  No pido créditos mercantiles, sino respeto a la autoría...  Desde hace tiempo sabemos que los vientos están compuestos por la vanidad humana.

La mecánica es irlo publicando a medida que se construye, sin correcciones hasta el final, incluyendo las anotaciones marginales que guían su elaboración.  Probablemente presente el texto fallas (muchas veces mi dislexia me juega malas pasadas), desarreglos ortográficos, problemas de concordancia, pero serán provisionales, mientras como organismo crece y se hace al parto.  No tengo problemas en reconocer esto, dado que se me ha convertido en hábito.  Tirar las cosas en bruto y luego formatear.   Luego se hará la revisión final.  Entonces -tengo la esperanza- hablaremos de una criatura más cabal, de un artefacto más tallado o jardin podado.  ¡Hay tantos lugares comunes para hacernos comprender...!

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Entre El Bosque y El Silencio

En Chacaíto, entrando por la avenida Solano, hay un conjunto residencial cuyas torres están separadas por una platabanda en su planta baja, cuadrada, techo de un acogedor salón de fiestas que los fines de semana no para de festejar.  Se pide permiso hasta los miércoles, se cancela un monto a la Junta de Condominio y se tiene la licencia para el día requerido, sea sábado o domingo.

Se trata de un sitio limpio, de permanente mantenimiento, labor para la cual él, Cándido Acevedo, contribuye a diario con su aseo, menos en su día libre semanal, el cual puede ser cualquiera, según lo dispongan sus patrones de trabajo.  Los residentes son gente de gran cultura, amables, educados, galantes, que te dicen "Buenos días" o "Buenas tardes" a cada rato, incapaces de lanzar un papelito por la ventana de sus apartamentos, desde allá en las alturas, papelito que fuera a parar sobre su área de trabajo.

Y ello extasiaba a Cándido, personas tan maravillosas, casi piadosas, que no daban la lata de ensuciarle más de lo necesario la superficie de su trabajo, aquel techo oscuro, impermeabilizado, del salón de fiestas, cuyo deber era mantener pulcro y para cuyo trabajo lo habían recomendado desde allá su tierra natal, los altos andinos.  Entonces le trabajaba al municipio y no había callejón sobre tierra plana o pendiente que no limpiara junto a su cuadrilla, conformada por cinco paisanos más.  Palas, cestos de basura y camión eran sus herramientas de trabajo, además de su manos, por supuesto, y las largas conversaciones que entablaba con sus compañeros.

Hasta que le dijeron que si querían viajar y cambiar de rumbos, distintos a paisajes tan fríos y solitarios como el aquellos pueblos montañescos.  Dijo que sí y, junto a Martín, otro de la cuadrilla, se embarcaron con una agencia de empleos y los colocaron en sendos edificios, a él donde ahora sus pies pisan y a su paisano en unas edificaciones de El Silencio, en Curamichate, también con plataformas y pasillos como las que él mantiene presentables.

Pero a su amigo Martín no le iba tan bien, como en suerte le correspondió a él, con gente tan refinada.  Había tenido ocasión de corrobarlo personalmente, cuando le dispensó una visita a su amigo en uno de sus días libres.  Aquello era pesado, hombre, con basura voladora que se iba a depositar sobre el también oscuro techo de una sala de reuniones, separador también de cuatros torres; además, el oficio no se presentaba fácil tampoco en los pasillos, por donde la gente accedía a los ascensores y salía y entraba al edificio.  No había alfombras ni costumbres para sacudirse los zapatos provenientes de la calle y la suciedad, dinámica ella, porque parecía ascender por las paredes.  Los cestos públicos de basura cuando él, Martin, se descuidaba, desaparecían.

Y la gente... la gente...  Era distinta, desde que se la trataba en la calle hasta que se entraba con ella en el edificio:  hosca, aparatosa, sin la cortesía del "Buenos días" y "Buenas tardes" que tanto él amaba de entre sus residentes.  No había comparación.  No más pisar aquellas aceras de las calles, ajadas, húmedas u obstaculizadas por los mil pertrechos del comercio informal.

"Buhoneros".  Así le pareció la palabra perfecta para describirlos.  Vendedores de buhos, o gente con sus hábitos, nocturna, por consiguiente ojerosa y desaliñada, como a él le pareció cuando la vio abordar el ascensor que la conduciría a sus apartamentos, morada jornalera del descanso.

-Usted si que tuvo suerte, paisano -le recitaba Martín, mirando también por el ventanal en su hora de descanso-.  Aquí casi que no tengo tiempo ni para fumarme un cigarrillo de tan ajetreada que es la faena.  Mientras que usted por allá..., con su gentica educada..., ¡apenas mueve la brocha!  Eso se llama suerte -le decía nuevamente, sobándole el hombro-.  Mientras por acá yo no paro, casi limpiándole la suela del calzado a los residentes para que no me hagan la vida tan triste..., usted por allá lo que hace es saludar y saludar a una gente que no ensucia, o que se limpia ella misma, o que recoge sus porquerías.  ¡Así sí vale, hombre!  No tardo más y pido cambio; o si no, me voy para mi tierra, a limpiar caminos, nada parecidos a espacio y gente tan cochinos como los de esta capital.

Mientra Martín hablaba, una bolsa cargada de desechos de cocina aterrizó con estruendo frente a los anodadados ojos de Cándido, estallando su porquería por los cuatro costados.  Sintió que su paisano lo miró con fijeza, como para darse la razón con los hechos, desde unas mejillas y ojos enrojecidos por la furia.

-¡Ya usted los ve a esos hijos de putas, más cerdos que la madre que los pare! -exclamó-.  ¿Quién coños aguanta tanto...?  No seré yo, caballero, que ya me canso y no pasa un mes más sin que me vaya de esta letrina...  ¡Usted lo vio, paisano!  Ese bestia es la del catorce, que junto con la del quince de la torre de enfrente, parecen competir votando basura.  ¿Y yo?  Bien gracias -dice, golpeándose el pecho-.  ¿No vas a tener, hijo de dios, un depósito de porquerías dentro de tu propia casa como para que vengas y hagas esto..., esta falta de respeto, ...esta burla descarada delante de todo el mundo?  ¿No vas a tener...?  ¡Carajo..!

Y Cándido movía el rostro de un lado a otro, otra vez frente a su ventanal, desaprobando el desagradable recuerdo de su coterráneo Martín, quien no sólo lo despidió en aquel momento allá en El Silencio, aduciendo trabajo, sino que también terminó yéndose al pueblo andino hará una semana, hastiado de todo.  Había pedido cambio, y desde la agencia le habían dicho que se conformara con el trabajo que tenía, porque la situación estaba dura y no había empleo, y no era cuestión de andar dando lata con tantas sutiliezas...

-¡Y qué sutilezas, dios mio! -exclamaba, mientras lanzaba una agradecida mirada hacia el pedazo de cielo limpio que podía contemplar desde el piso uno (por encima de la platabanda) donde se alojaba, en un discreto cubículo de la edificación.  Por allí no viajaba bolsa alguna que limpiar, menos repleta de porquerías, como la de su pobre compañero.  Y gracias a dios y a su suerte daba, porque no era dado él a fumar cigarrillos como para lamentar su falta de tiempo, sino a comer, ver televisión y contemplar la lluvia, como hacía ahora que un polvillo de agua caía del cielo y él se embelesaba en mirar, en sus miles de gotitas, en su resuello divino, en cómo iban construyendo pequeñas charcas sobre el asfaltado del techo.  ¡Eso era lo que caía de su cielo!

Había puesto unos huevos a sancochar y no quería despegarse de la ventana mientras esperaba su cocción.  Lorena, su vecina, la hija de la conserje, también dedicada a la limpieza, ocupaba el cubículo de al lado y Cándido esperaba su visita de un momento a otro, después que hiciera sus compras, como siempre que coincidían en días libres, para ver televisión y hablar menudencias.  Era martes, y lo más seguro es que hacia el atardecer, cuando se fastidiaran del encierro, salieran a Sabana Grande a caminar un poco.

-¡Pobre Martín, mi paisano! -suspiraba.

Algunos residentes gustaban asomarse hacia la cara interna de los edificios, desde los pisos superiores, sobre la platabanda del salón de fiestas, para contemplar también la lluvia, rodeados siempre de flores, es decir, por entre los bellos jardines que cultivaban en los balcones.  ¡Qué delicia aquello!  En su mayoría mujeres, exquisitas ellas hasta con sus batas de trabajo doméstico, olorosas a su rica cocina, a salas de estar perfumadas, mullidas alcobas, ...y pulcras, sobre todo, pulcras, como ha de corresponderse con gente tan decorosa, tan culta, incapaz de manchar una pared, poner un pie sobre ella o tirar un papelito sobre el piso de los pasillos y los exteriores del conjunto.  ¡Qué suerte la de aquellos maridos!  ¡Ojalá Dios lo regalara con una andinita así de exclusiva...!  Se mudaría a un apartamento de aquellos, se comportaría igual que sus dueños, tremendos señores, con altura y cultura, sin ensuciar nada, y se compraría un carro, de los muy buenos, para pasear a su reina por el paraíso...  Bueno, también pasearía a Lorena...

El golpeteo sordo de los huevos contra el fondo de la olla, señal de que estaban hirviendo, le hizo acudir a la cocina, saliéndose de sus pensamientos.  Amaba la lluvia y, cada vez que llegaba, especialmente cuando caía así como llovizna, lo arrastraba hacia su contemplación, profundamente, hasta el punto que a veces ni oía ni veía su entorno, a pesar de mantener abierto sus sentidos.  Como en su pueblo natal, allá en Las Travesías de Burbusay, cuando se sentaba a la orilla de una pendiente, bajo una protección cualquiera, a mirar el pueblito montañés a través de la arenilla de lluvia.  Se le podía llegar la noche con sus distracciones...  ¡Y era que le gustaba tanto el silencio del pueblo bajo la lluvia como el ruidillo de las gotas cayendo que lo ahogaba!

Cándido se fue a la cocina, descascaró en el chorro de agua fría los humeantes huevos, los puso en un plato pequeño de cafetería, junto a un pedazo de pan, los espolvoreó con sal y volvió a sus "ocupaciones", allá en la ventana.  Lorena todavía no vendría y él contaba con bastante tiempo para sus intimidades.  Las gotitas habían arreciado y despedían una tonalidad blanquecina cuando se estrellaban contra el asfalto de la platabanda.  No había frío, pero su piel se había erizado, y disfrutaba grandemente cómo el calor de sus alimentos viajaba hacia su estómago.  El murmullo de la lluvia había aumentado, asi como también los rostros asomados de los residentes...

Cándido los conocía a todos.  Al norte, donde estaba el edificio más alejado, podía distinguir al Sr. Misael y a su esposa Marla, par de adorables ancianos; a su costado izquierdo, dos mujeres solitarias y, más arriba, una casada, la señora Valentina, en extremo amable con él, hasta el grado que le dispensaba pequeñas tareas en el apartamento por las que le pagaba; a su derecha, la torre C, había más adeptas a la lluvia, unas cuatro mujeres que se las arreglaban para conversar por entre las esquinas de sus apartamentos, dos abajos y dos arriba.  Y él, por supuestos, desde su modesto cubículo de trabajo, solitario y callado como siempre, pero feliz, aunque a ratos lo pertubara la suerte de su paisano Martín...

-¡Pobre amigo..! -musitaba.

¡Y pensar que aquella gente miraba lo mismo que él, hombre simple de pueblo, con toda y su calidad de personas excelentes!  Arquitectos, ingenieros, militares, escritores... La gama completa de la clase media de una sociedad límpida y progresista.   Y aquellas mujeres amas de casa, sus esposas, cuando no ellas mismas las profesionales:  complicadísimas criaturas que manejaban computadoras.

La vista de una niña desnuda que atravesó corriendo sobre la platabanda distrajo su atención momentáneamente, creando contraste con su rubicundez sobre la oscura superficie del salon de fiestas.  Corrió feliz, con los brazos abiertos, regando la letra "A" sobre la platabanda, como si quisiera atrapar la lluvia:

-¡Aaaaaaaaaaaaaaa!

Se fue hasta los materos de las esquinas y esculcó un rato sus palmeras, unos pequeños chaguaramos que parecían sentirse alborozados con la lluvia, moviendo sus hojas, rebrillando desde lejos.  La niña anduvo por allí unos momentos, sacudiendo su cabellera, aferrando los barandales de seguridad del espacio, hasta que finalmente se acuclilló sobre el piso y se puso a jugar con un pilón de arena que hace unas semanas se había usado para una construcción y que todavía se conservaba, más cercana hacia el lugar desde donde miraba Cándido.  Y Cándido sonreía, satisfecho, porque aquel piso era su obra, la hoja de mérito de su trabajo.  ¡Podía usted acostarse allí de los más lindo a disfrutar de la lluvia pegándole en la cara!  Nada de basuras, ni de papelitos cochinos ni de bolsas voladoras.  ¡Ah, y aquellas gentes!

La niña era la hija de Mildred, una magistrado que vivía en el edificio de enfrente y a quien, por cierto, no había notado entre los que miraban la llovinza.  De seguro había salido un rato a la platabanda con su hija, como acostumbran a hacer algunas residentes con sus hijos para caminar un poco, y la lluvia la había corrido del lugar..., aunque no del todo, porque la muchachita como que se le había devuelto...  Vaya, vaya..., con la doctora Mildred:  es casi seguro que se pondría a conversar de regreso con una vecina, dejaría la puerta del exterior abierta, con la consecuencia vista de la pequeña diablita suelta, que se le había escapado, y ahora lanzaba tierra hacia arriba.

Pero ¿podía importar algo?  El lugar era seguro, a la vista de todos, bellamente adornado con las palmeras y limpio, sobremanera, por obra y gracia de su trabajo.  ¿A qué precuparse?  Ya vendría de regreso la doctora en busca de su princesa, apenas reconviniéndose que se descuidara un poco, falta de muy poco peligro en conglomerado residencial de personas tan especiales...  Ya se saben como son las madres de obsesivas, y más cuanto más instruidas:  se recriminan severamente un descuido.  Lorena misma, con un hijo ya grande y apenas con un sexto grado de escolaridad, a veces se mortifica por no creerse la mejor madre del mundo.  ¡Mujeres!

La llovizna había pasado a lluvia, estremeciendo con más fuerzas las alargadas hojas de los chaguaramos.  Soplaba.  Y las gotas restallan contra el techo del salón de fiestas.  La niña gritaba de gozo, como dándole gracias al cielo, y Cándido no podía aguantar una sensación total de intimidad, de protección, de secreto, de hombre perdido en el inmenso mundo, como cuando otras veces llovía a cántaros y la gente del interior del salón gozaba de sus alegrías bajo la seguridad de sus paredes.  Cándido los oía gritar y saltar hasta que terminaban, por lo general hacia las dos de la mañana, cuando él acudía a encargarse de los desarreglos.

Aplastaba la amarilla yema del otro huevo contra el pan, cuando avistó la fornida figura de la magistrado sobre la platabanda, quien venía por su cachorra extraviada.  Ésta, cuando la vió, se escurrió hasta la esquina norte del recuadro, detrás de las macetas y hojas, riendo ruidosamente, diciendo "¡No, mami!", saltando.  La Dra. Mildred finalmente la captura y cubre como puede su desnudez, huyendo en estampida hacia la puerta, recogiendo las ropas regadas que había dejado la niña.  Pero antes de penetrar al interior de su torre, busca un momento para acercarse hasta el ventanal desde donde miraba Cándido, y le espeta:

-¡Voyerista!

Cándido le saluda, sonriente, agitando sus dedos.  Sabía que la mujer aparecería por su muñeca de un momento a otro, sin retardarse tanto, sin peligro alguno.  Pero...  ¿es que había peligros?  Ninguno.  Si él mantenía todo en orden y limpio, y la platabanda era un lugar divino de pura lluvia.  ¡Eso sí!  ¡Y qué gente aquella!  ¿No?  La doctora Mildred, aun corriendo su delicada humanidad (aunque voluminosa) bajo el frío de la lluvia, tiene arrestos todavía para saludarlo cortesmente.  ¡Eso se llama gente!  ¡Sí, señor!  ¡Así si vale la pena bajar de Los Andes y trabajar, trabajar y servir al prójimo...!  Y...

-¡Pobre Martín -musita, moviendo la cara de un lado otro-, amigo mío!

La lluvia alcanza su clímax y finalmente cesa, dejando como un hueco silencioso que se empieza a desvanecer con los ruidos provenientes de la ciudad.  El Sr. Misael había agitado las manos para saludar a la doctora, desde allá, desde el fondo de su edificio; pero nada:  la doctora corría, con ese espanto que profesan la mujeres por la lluvia y por la ruina de su maquillaje.  (¡Y lo había saludado, a él, Cándido, el barrendero andino!)  El sol proyectaba ya puñaladas de luz sobre el plano de la platabanda, por entre los altos edificios.

Cándido permaneció un rato más parado ante la ventana, ingiriendo maquinalmente los restos de su desayuno, y, cuando despertó, se dirigió a la cocina, fregó sus utensilios, limpiando superficies y restos, para luego tirarse sobre el desgastado sofá de la pequeña sala comedor.  Encendió la TV y se dispuso esperar...  Burbujeaba en su mente todavía la imagen de la rubia doctora con su hija...  ¡Que gente aquella, eh!

Cuando tocaron la puerta, refunfuñó:

-Nunca vienes cuando quiero, Lorena.  ¡Tenía que estar dormido! -lanzándose hacia el pasillo-.  ¡Voy, voy!  ¡Más te vale, mujer, que me hayas traído algo bueno del mercado para despabilarme!  ¡Ya voy!  ¡Mujeres, caramba!

Y, en efecto, era Lorena, pero no la de siempre.  Tenía la cara larga y severa, y señalaba con su pulgar hacia atras, intermitentemente, a dos funcionarios policiales y a la Dra. Mildred, a quien intentó saludar cortesmente...  Pero ella tampoco era la misma de siempre:  estaba sola, sin su hija, húmeda aún de la lluvia, con el rostro transido por una indignación desconocida y una mueca agrietada.

-¡Voyerista, mirón! -le empezó a gritar apenas lo vio, para luego bajar la voz y decirles a los uniformados en un tono casi confidencial-:  ¡Éste es el hombrecito, señores policías!

Cándido miró el rostro compungido de su amiga y se empezó asustar, palidenciendo.  Jamás, desde sus Andes hasta Caracas, había tenido un cruce con la policía, y no sabía ni qué decir, ni cómo actuar, menos si no comprendía.

-¿Que hiciste, Candido? -oye que le pregunta afectuosamente Lorena, mirándolo con fijeza.

-¿Qué dices...?  ¿Qué he hecho...?  ¡Pues, nada!  ¿Qué voy a hacer, mujer?  Ni siquera entiendo...  Te estaba esperando.

-La señora dice que te metiste con su hija...

-¿Yo...?  ¿Y cómo..?   No entiendo...  ¿Cuando...?

-No sé... -exclama severamente Lorena-  Dice que eres un morboso..., que te pegabas a la ventana...  ¡No sé!

Cuando Cándido levanta su extrañado rostro para buscar el de la magistrada, ya ésta había empezado a nuevamente a decirle "¡Sádico!", "¡Pervertido!", "¡Voyeur!", "¡Descarado!", "¡Sinvergüenza!", "¡Sucio!", empujando con el mentón a los policias.

-¡Y pensar que lo hemos tenido aquí..., ¡aquí...!, dentro de nuestro Conjunto Residencial...

Finalmente, uno de los agentes se le acerca y le pregunta si él responde al nombre de Cándido Acevedo, a cuya inquisición responde que sí.

-Lamento tener que invitarlo a que nos acompañe, señor Acevedo -oye que le dicen-.  Tiene usted una acusación contra daños a la moral pública...  Sea tan amable de acomparnos...  Por aquí, ...por favor... Venga por aquí, por favor -y los policias le señalan el ascensor, donde lo introducen después de cierto titubeo-.   En la estación le aclararemos todo.

-Suba usted también, doctora Mildred -le dicen a la magistrada, quien había permanecido alejada, como asqueada de tan horrible hombre-.  Ya usted lo sabe, se trata nomás de un trámite que no le quitará mucho tiempo.

-¡Pero si yo limpié todo, mis amigos... -oye Lorena gemir antes de cerrarse las puertas del ascensor, tampoco sin comprender-.   No he faltado a mi trabajo..., todo está impecable... tanto..., tanto así que usted se puede acostar allá..., allá arriba...   ¡Si quiere vaya...!  ¡Vayan, ...por favor!

 

falta corrección y muchos detalles

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jueves 6 de noviembre de 2008

Cansancio...

Arde en la espalda y el cogote el fulano sol, y la ciudad se desespera en medio de su lenguaje metálico de bocinas, luces de tránsito y pitos de policías de circulación.  Una hora endiablada, con gente malhumorada cruzando rayados sobre el pavimento y motociclistas con sus insurgentes insectos entre las piernas.  Y la montaña del Ávila por allá, al fondo, a través del hiriente espejo de la tarde, como un inalcanzable pedazo de tierra prometida.  La húmeda frescura de los imposibles.

El policía de tránsito municipal, Luis Ramírez, toma un café en una panadería de la Av. Baralt, mientras el cafetero no oculta el gusto de poder intercambiar con un agente del orden público.

—¿Y cómo me le ha ido el día hoy al oficial? —le dice, mientras se roba un rato de su empleo para mirar el tráfico de la calle.

Ramírez lo mira fijamente, como midiendo cuán maquinesca es la pregunta.  Se siente agotado, con respiración resollante, como si en su pecho no hubiera más que una bomba empujadora de aire.  En su rostro hay ojeras, huellas de muchas noches en vela.  Ni hoy ni ayer había conciliado el sueño, así como dios manda, con la pierna suelta; y el vaso de café negro, cargado, se le había convertido en una necesidad.  Volviendo la mirada al ajetreo callejero, exclama:

—¡Uff...!  ¿Y cómo va a estar, hombre?  ¿No ve usted el desorden en la calle...?  Aquí nadie respeta..., todo el mundo hace lo que le da la gana...  Fíjate en aquel semáforo... —señalando el de la esquina Maderero—.  ¿Lo ves?  Bastó nada más que me viniera a descansar un rato para que se volviera un lío el tráfico.  ¡Míralo, míralo...!  Está en rojo de luz, pero es como si no existiera.  ¡Todos pasan, todos se meten, todos se siente únicos en la calle!  ¡No hay ley ni respeto! ¡Qué gentecita…!

El empleado echa un vistazo al semáforo a lo lejos, vuelve con los ojos sobre el movimiento loco de la avenida Baralt y, finalmente, estaciona su vista sobre Ramírez, como si no creyera que alguien se pudiera dedicar a oficio tan complicado.  Pero no guarda silencio mucho tiempo, porque el dueño del local lo llama desde allá adentro, molesto ante tanta conversadera.

—¡Es que los autobuseros y los motorizados no respetan a nadie! —deja dicho antes de irse—.  Mientras no metan en cintura a esos delincuentes, no cambiará nada.

Y Ramírez vuelve a lo suyo, a meterse en su café para no dormirse, para no sentir el efecto de aplastamiento de su cansancio.  Siente deseos de abandonar, de irse derechamente hasta su casa, a resolver los problemas con su Clara, quien le había declarado su determinación de dejarlo.  Que no aguantaba más —le decía—, como él mismo ahora con su calle, con sus esquinas de semáforos y la gente como hormigas rodeándolo por todas partes.  "Así habrá de ser el cansancio —se dice—, como esta cantidad de gente en la calle, con los hijos de putas de choferes y tanto ruido enloquecedor.  Así tendrá que ser lo que ella siente.  ¡Por eso te vas, mi dulce Clara!"

Tan hastiado se siente que le duelen los labios —le da tirria reconocerlo—, esos mismos que soplan el pito para ejercer su trabajo, para contener avalanchas de carros y meter a tanto maleante en cintura, como bien dijo el cafetero antes de irse.  Su papá le había dicho que trabajase con él en el comercio de su almacén y sus hermanos se burlaron de que fuese a escoger un oficio de "sopla-pitos", como le decían entre risas para cuquearlo; pero él insistió y prevaleció, porque le gustaba la calle, porque desde chico le gustaba el orden y que lo respetasen como hombre de ley.

Y ahora esto:  diez años de oficio cansón, de botas y uniformes señalando luces y aparcando infractores, …de repentinas conclusiones.  Así le pareció de pronto, desde el martes cuando Clara le amenazó con irse, cansada también —en sus palabras— de la asfixiante rutina y la falta de progreso en su relación de pareja.  Él le había dicho que lo esperara, que pediría cambio hacia un lugar menos ajetreado, de donde llegaría menos cansado para darse más tiempo con ella, su criatura bella, y pasearla por algún bulevar de la ciudad o escaparse un fin de semana; o para hacer otras migas que combatieran la desesperanza. Que lo esperase…

Pero Clara se iba, si no lo había hecho ya.  Y él no había sido capaz de dejar su empleo, de atreverse a volcar su vida, tal vez por orgullo, por la porfía de insistir en lo suyo, en sus ideas egoístas de "hombre de ley".

El cafetero vuelve a señalarle la calle y él, desde su asiento giratorio, se vira y la enfrenta de modo que le llegue de pleno, con su luz contaminada y su carga de ruidos, como para no olvidar que lo espera.  Por la acera baja y sube, literalmente, un río de gentes, afanado en sus propias tareas y pensamientos.  Y más allá, hacia el centro de la avenida, casi no se divisa el asfalto, de tanto carro atascado en la congestión.  Porque eso era Caracas a esa hora:  un gigantesco estacionamiento, un estridente concierto de maldiciones, infinito acezar del estrés humano. Una cola del diablo.

—¡Esa sirenita ya me tiene arrecho! —se oye un bramido de pronto desde el fondo del café, y Ramírez alcanza a ver cómo el patrón del local se había llevado las manos a sus oídos para ahogar la angustia proveniente de tanto infierno citadino.  No puede evitar contemplar cómo aquella suerte de buey poderoso que es el hombre de la caja registradora, allá en el fondo, eleva unos brazos nervudos y baja el testuz, abatido.  Así será la razón de Clara —y la de todo el mundo— cuando le critica su empleo —termina pensando.

—Es el diablo de autobusero —agrega el cafetero a su lado, quien otra vez reposa sus codos sobre el mostrador, mirando hacia la calle—, el mismo de siempre.  No puede ver que una cucaracha se le atraviese porque,¡zas! –chocando sus manos—, enciende la maldita sirena.  Es una tortura en vida.  Bastante ruido hay en la ciudad para que ese perro nos agobie más de lo que ya tenemos.  ¡Ahí..., ahí...!  ¡Ahí está de nuevo! —exclama elevando más la voz, dado que el autobús subía en sentido hacia El Ávila, muy lentamente, pasando justo al frente del cafetín.  El empleado se vuelve hacia el policía de tránsito municipal y le pregunta con ansiedad—: ¿Sr. policía, dígame si eso está permitido...?  ¡Por dios...!

La sirena, remachada al frente del vehículo, como un terrible caracol de metal, suelta inmisericordemente su berrido, inundando el espacio del cafetín, de modo insoportable.  Es un instrumento policial (de los antiguos), de esos que usan las unidades de persecución para alarmar a los delincuentes en fuga, irregularmente utilizada por un civil.  "En efecto —se repite el oficial—, no está permitida".  Se lo había dicho en varias ocasiones al regordete chofer de la unidad, compañero casi de trajín en la calle, la última vez remarcándole:

—Si te la vuelvo a oír, te la quito.

Y ahora la oye nuevamente, de modo atosigante.  Se dirá que aquel truhán de chofer se burlaba de él, de Luis Ramírez, Policía de Tránsito Municipal, a quien tanto le había costado ejercer su oficio al servicio de la ciudad para que luego le ocurriera esto...   Salir a tomar una pausa, confiando en la conciencia ciudadana y luego, en su propia nariz, le vengan a tocar corneta, a tirarle sus insignias sobre el uniforme... A llamarlo “sopla-pitos”.   "No hay razón para ello —piensa con enfado—, para tanto abuso".  Ni siquiera porque hoy, después de tantos días con problemas, se sienta exhausto...  No es tolerable.

Cuando el oficial de policía aprieta el vaso plástico del café y lo tira al cesto de la basura, y se pone luego de pie con determinación, el cafetero también lo hace instintivamente, quedando todos a la expectativa, los comensales, el descomunal propietario...  "Meterá a ese demonio en cintura", parece leerse en el rostro de los concurrentes.

—¡Uuuuuuuuuuuuiiiii! —taladra la sirena en la calle— ¡Uuuuuuuuuiiiiiiiuuuuuuuuuuuiiiiiii!

Luis Ramírez de pie luce imponente, con botas negras hasta las pantorrillas, chaqueta motorizada (la usaba de vez en cuando) y porte de arma al cinto, a pesar de que en su fuero interno sólo él sabe cómo anda el alma.  Ajustando sus lentes y recogiendo el casco de seguridad, se lanza a la acera de la avenida Baralt, dirigiendo sus calmados pasos hacia la unidad de transporte público.  Con calma, como sólo se hace cuando hay congestión vehicular y nadie se puede escapar, ... sintiendo la brisa de la tarde sobre sus tapadas ojeras, sabiéndolas él únicamente tan profundas, entre tanta gente descabellada...

La vista de la avenida Baralt hacia arriba es una larga hilera de vehículos resonantes, como una extraña hebra caliente y metálica suelta desde Él Ávila.    Ramírez aborda al conductor por su lado, en la ventanilla, fuera del alcance de los pasajeros, quienes suelen perder la paciencia con los llamados de atención de la autoridad, sumidos en sus propios apuros.

—Buenas tardes, ciudadano —saluda con protocolo a un chofer callado, quien, como si de pronto hubiera caído en la cuenta de su inutilidad, había dado fin al escándalo.

—¡Ummm ju! Dígame —le responden con oficio.

Ramírez enarca las cejas y señala el frente del autobús:

—La sirena...

—¿Qué pasa con ella? —le vuelven a responder con gravedad.

Entonces Ramírez vuelve a sentir la fría caricia del viento sobre sus ojeras, y el ardor del trasnocho y la barahúnda callejera sobre la carne de su cuerpo...  No tiene grandes ganas de hablar; ordena:

—Tenga la bondad de estacionarse a la derecha —irguiendo el pecho y descansando sus manos sobre la hebilla del cinturón.  Seguidamente rodea a la unidad y penetra en su interior, notificándole a los usuarios que deben bajar porque la unidad "queda detenida", pidiendo las disculpas del caso.  Finalmente, sale de autobús, se dirige hacia adelante en la avenida, en un claro lateral entre Maderero y Miranda, y se planta a esperar por la operación ordenada, haciéndole espacio.

A sus espaldas dejó el murmullo de la protesta de los pasajeros y las sarcásticas palabras del conductor, alcanzadas a oír en su última expresión obstinada:  "¡Si ya estoy parado...!  ¿Qué más voy a hacer...?  ¿Me acuesto...?  ¡Maldito trabajo!  ¡No joda...!".  Ramírez contempla cómo los malhumorados pasajeros bajan de la unidad de transporte y cómo el chofer, cobrando a quienes puede, profiere maldiciones.  Sí, es la rutina —piensa—:  el chofer está cansado, los pasajeros están cansados y él también, en medio de aquella ciudad de los mil infiernos.  ¡Pero es el trabajo!

Cuando llega la buseta, buscando acomodo también con mal humor, como si se tratara de la misma humanidad del regordete chofer, Ramírez se dirige hacia la puerta y lo encara:

—¿No le dije, caballero, que si le volvía a oír la sirena se la quitaba?  ¿No hablé claramente con usted?  ¿No lo veo todos los días —y no me ve usted igual— como para que venga y me diga que se le olvida?  No hay justificación posible... Véngase acá con los papeles, por favor...

El conductor no se levanta.  Revuelve aquí y allá, abriendo pequeños compartimientos, y luego le expide a brazo estirado sus documentos.

—De sobra sabe que es ilegal —continúa hablando mientras recibe los papeles—; se lo he dicho.  Y, sin embargo, le he permitido que la porte, pero no hay que ser muy inteligente para adivinar que no quiero que la toque aquí en mi calle, en mi ciudad, en mi punto de trabajo...  ¡Tóquela por allá, lejos, adonde a otros les guste!  ¡Yo le dije que "No", que aquí "No", y entonces viene casi que a tumbarme con el escándalo el cafecito que me bebo!  ¡No puede uno confiar en ustedes, esperar más colaboración, dejarlos solos un rato, porque ponen la ciudad patas arriba! ¡Vea, vea! —señala la subida de la Baralt hacia El Ávila, atascada de carros—:  ¿Qué caso tiene andar con zaperocos más del que hay?  ¡Dígame..!  No se puede caminar, no se puede avanzar, pero usted lo resuelve todo a cornetazos (de paso ilegal), empeorando todo.  Usted estaba advertido...  ¡Quítela!

—¿Y luego cómo trabajo...?  —se oye una voz ronca desde asiento, desafiante, casi burlona—  ¿Cómo quito después tanta basura que se me atraviesa por el camino?  Toco corneta para no matar a nadie... ¡Usted sabe que la calle es así!

—Si, pero eso se acabó.  Baje de la unidad y ahora mismo desinstálela.

—¿Qué me quiere decir? —se vuelve a hinchar el cuerpo del conductor para hablar—.  ¿Que debo andar por allí sin corneta...?  ¿Que no me ayude en mi trabajo?  ¿Que en cualquier momento me lleve a un hijo de puta de pasajero que camine despistado...?  ¿Es lo quiere...  que... haga mi trabajo a medias, lo peor posible..., sin contar que ya no se puede aquí ni trabajar...?

—Serán sus razones, pero quitará ahora esa sirena, ciudadano —afirma Ramírez empinando el cuerpo, metiendo la mano en la chaqueta para extraer un cuaderno—.  Es ilegal...  Además, me irrespeta con sus groserías...  ¡Baje de la unidad!

Nadie se mueve, a no ser la ciudad misma, con su circulación y embotamiento estresante.  Otro autobusero por allá, abajo, hacia la esquina Maderero, parece tocar con intención su corneta, mirando la escena.  Ramírez le dispensa una mirada, pero rápidamente vuelve a su posición de espera.

—Baje de la unidad, ciudadano —repite, sin obtener respuesta—.  Está a tiempo todavía, porque, de lo contrario, le voy a pegar una multa, le voy a retener la unidad por irrespeto y desacato a la autoridad...  La voy a emprender contra usted… Usted decide...

Ramírez saca un celular y disca un número, llevándolo a su oído.  Borrosamente contempla la figura gruesa del chofer, que permanece impasible en su sillón, mirando con cara de estatua a través del parabrisas hacia el frente; descubre con sorpresa que no está solo, porque a lo lejos, entre el hormiguero de gente, el cafetero y el panadero lo miran fijamente.  Está cansado, parece recordar, y como por magia le vuelve la imagen de su Clara viajera y la sensación de su organismo en bancarrota.  Es verdad lo que le dice la pila de mierda de chofer que tiene al frente:  ¿cómo trabajar en tan terrible condición de ciudad?  ¿Tendrá gran importancia un detalle?

—¿La Comandancia?  —pregunta en voz alta, mirando con inteligencia hacia el conductor—.  Un reporte y petición, entre Maderero y Miranda; páseme con Tenería...

Ramírez visualiza, por fin, movimiento en el interior de la unidad de transporte:  el chofer lo mira, lo mira con insistencia, con sopor, resignación, cansancio... Miseria.

—¿Por qué la Ley no deja a uno, el pobre pendejo, trabajar en paz? —lo oye protestar—  ¿Por qué no se van a agarrar malandros de verdad, de esos que roban y matan, y no trabajan para nada?  ¡Por qué coños con uno, carajo, que salimos a la calle a ayudar! —lo oye exclamar, mientras estremece el autobús nomás con el esfuerzo de levantarse de su asiento.  ¡Tan gordo es!

—¿Qué es lo quiere usted? —le oye espetarle a bocajarro, cuando lo mira ocupar el marco de la puerta, con su cabellera revuelta por el viento y sus ojos enrojecidos, sembrados de terigio.  El figurón irradia amargura, cansancio infinito por la vida, a juzgar por el conjunto de una indumentaria sempiterna de hombre de trabajo al volante:  la camisa arrugada, fuera de los pantalones, notablemente abierta para refrescar el pecho; los pantalones anchos, bolsudos, como para contener refrescante aire; chancletas en vez de zapatos y, sobre todo, un rostro grasoso y sudado, con profundísimas ojeras, como hoyos perforados sobre la carne.  Un vientre prominente y una especie de empapado paño del sudor colgando de un bolsillo.

Ramírez entonces deja la llamada.  La aparatosa figura de aquel hombre lo desconcierta, como si dolorosamente le comunicara desesperanza a su cuerpo.  Sobremanera, su audacia, su procacidad con la ley, con él, un policía de Tránsito Municipal, respetado agente del orden público.  Como si no le importara nada, con sus groserías y sus gestos obstinados; como si él también tuviera una Clara que lo abandona y le hace ver el mundo sin gran valor.

—Sólo que la quite.

—Esta soldada a la carrocería.

—Es su problema:  quítela.  No se lo puedo permitir más... Usted sabe que...

Entonces el gordo se devuelve hacia el interior de su autobús.  Regresa con una mandarria, para plantarse luego sobre el pavimento, ir hacia la trompa del vehículo, caerle a mandarriazos a la susodicha sirena en forma de caracol, cuyos pedazos se esparcen sobre la acera...  Y regresa, finalmente, hacia el oficial frente a la puerta, quien aprieta instintivamente su arma de reglamento, estupefacto.

—¿Contento? —oye que le preguntan con sorna, mientras arriba, al final de la avenida, El Ávila se le antoja una especie de cama imposible, hecho con un colchón de frías hojas y acariciantes vientos...

Un imposible lugar para el descanso.

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La sencillez de Chejov

Decía Chejov a Gorki, recomendole una escritura simple:  "No hay necesidad de encerrarse en este o aquel marco.  Que la vida sea tal cual es y los hombres como son en realidad, sin artificios".

Chejov empezó con el humorismo, pasó a la piedad y la tregedia y derivó en el desencanto o tristeza.  En general, priva en sus cuentos un estado de ánimo creado por "la añoranza o el anhelo, la melancolía y la contemplación de la Naturaleza."  J.E. Zúñiga

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