En Chacaíto, entrando por la avenida Solano, hay un conjunto residencial cuyas torres están separadas por una platabanda en su planta baja, cuadrada, techo de un acogedor salón de fiestas que los fines de semana no para de festejar. Se pide permiso hasta los miércoles, se cancela un monto a la Junta de Condominio y se tiene la licencia para el día requerido, sea sábado o domingo.
Se trata de un sitio limpio, de permanente mantenimiento, labor para la cual él, Cándido Acevedo, contribuye a diario con su aseo, menos en su día libre semanal, el cual puede ser cualquiera, según lo dispongan sus patrones de trabajo. Los residentes son gente de gran cultura, amables, educados, galantes, que te dicen "Buenos días" o "Buenas tardes" a cada rato, incapaces de lanzar un papelito por la ventana de sus apartamentos, desde allá en las alturas, papelito que fuera a parar sobre su área de trabajo.
Y ello extasiaba a Cándido, personas tan maravillosas, casi piadosas, que no daban la lata de ensuciarle más de lo necesario la superficie de su trabajo, aquel techo oscuro, impermeabilizado, del salón de fiestas, cuyo deber era mantener pulcro y para cuyo trabajo lo habían recomendado desde allá su tierra natal, los altos andinos. Entonces le trabajaba al municipio y no había callejón sobre tierra plana o pendiente que no limpiara junto a su cuadrilla, conformada por cinco paisanos más. Palas, cestos de basura y camión eran sus herramientas de trabajo, además de su manos, por supuesto, y las largas conversaciones que entablaba con sus compañeros.
Hasta que le dijeron que si querían viajar y cambiar de rumbos, distintos a paisajes tan fríos y solitarios como el aquellos pueblos montañescos. Dijo que sí y, junto a Martín, otro de la cuadrilla, se embarcaron con una agencia de empleos y los colocaron en sendos edificios, a él donde ahora sus pies pisan y a su paisano en unas edificaciones de El Silencio, en Curamichate, también con plataformas y pasillos como las que él mantiene presentables.
Pero a su amigo Martín no le iba tan bien, como en suerte le correspondió a él, con gente tan refinada. Había tenido ocasión de corrobarlo personalmente, cuando le dispensó una visita a su amigo en uno de sus días libres. Aquello era pesado, hombre, con basura voladora que se iba a depositar sobre el también oscuro techo de una sala de reuniones, separador también de cuatros torres; además, el oficio no se presentaba fácil tampoco en los pasillos, por donde la gente accedía a los ascensores y salía y entraba al edificio. No había alfombras ni costumbres para sacudirse los zapatos provenientes de la calle y la suciedad, dinámica ella, porque parecía ascender por las paredes. Los cestos públicos de basura cuando él, Martin, se descuidaba, desaparecían.
Y la gente... la gente... Era distinta, desde que se la trataba en la calle hasta que se entraba con ella en el edificio: hosca, aparatosa, sin la cortesía del "Buenos días" y "Buenas tardes" que tanto él amaba de entre sus residentes. No había comparación. No más pisar aquellas aceras de las calles, ajadas, húmedas u obstaculizadas por los mil pertrechos del comercio informal.
"Buhoneros". Así le pareció la palabra perfecta para describirlos. Vendedores de buhos, o gente con sus hábitos, nocturna, por consiguiente ojerosa y desaliñada, como a él le pareció cuando la vio abordar el ascensor que la conduciría a sus apartamentos, morada jornalera del descanso.
-Usted si que tuvo suerte, paisano -le recitaba Martín, mirando también por el ventanal en su hora de descanso-. Aquí casi que no tengo tiempo ni para fumarme un cigarrillo de tan ajetreada que es la faena. Mientras que usted por allá..., con su gentica educada..., ¡apenas mueve la brocha! Eso se llama suerte -le decía nuevamente, sobándole el hombro-. Mientras por acá yo no paro, casi limpiándole la suela del calzado a los residentes para que no me hagan la vida tan triste..., usted por allá lo que hace es saludar y saludar a una gente que no ensucia, o que se limpia ella misma, o que recoge sus porquerías. ¡Así sí vale, hombre! No tardo más y pido cambio; o si no, me voy para mi tierra, a limpiar caminos, nada parecidos a espacio y gente tan cochinos como los de esta capital.
Mientra Martín hablaba, una bolsa cargada de desechos de cocina aterrizó con estruendo frente a los anodadados ojos de Cándido, estallando su porquería por los cuatro costados. Sintió que su paisano lo miró con fijeza, como para darse la razón con los hechos, desde unas mejillas y ojos enrojecidos por la furia.
-¡Ya usted los ve a esos hijos de putas, más cerdos que la madre que los pare! -exclamó-. ¿Quién coños aguanta tanto...? No seré yo, caballero, que ya me canso y no pasa un mes más sin que me vaya de esta letrina... ¡Usted lo vio, paisano! Ese bestia es la del catorce, que junto con la del quince de la torre de enfrente, parecen competir votando basura. ¿Y yo? Bien gracias -dice, golpeándose el pecho-. ¿No vas a tener, hijo de dios, un depósito de porquerías dentro de tu propia casa como para que vengas y hagas esto..., esta falta de respeto, ...esta burla descarada delante de todo el mundo? ¿No vas a tener...? ¡Carajo..!
Y Cándido movía el rostro de un lado a otro, otra vez frente a su ventanal, desaprobando el desagradable recuerdo de su coterráneo Martín, quien no sólo lo despidió en aquel momento allá en El Silencio, aduciendo trabajo, sino que también terminó yéndose al pueblo andino hará una semana, hastiado de todo. Había pedido cambio, y desde la agencia le habían dicho que se conformara con el trabajo que tenía, porque la situación estaba dura y no había empleo, y no era cuestión de andar dando lata con tantas sutiliezas...
-¡Y qué sutilezas, dios mio! -exclamaba, mientras lanzaba una agradecida mirada hacia el pedazo de cielo limpio que podía contemplar desde el piso uno (por encima de la platabanda) donde se alojaba, en un discreto cubículo de la edificación. Por allí no viajaba bolsa alguna que limpiar, menos repleta de porquerías, como la de su pobre compañero. Y gracias a dios y a su suerte daba, porque no era dado él a fumar cigarrillos como para lamentar su falta de tiempo, sino a comer, ver televisión y contemplar la lluvia, como hacía ahora que un polvillo de agua caía del cielo y él se embelesaba en mirar, en sus miles de gotitas, en su resuello divino, en cómo iban construyendo pequeñas charcas sobre el asfaltado del techo. ¡Eso era lo que caía de su cielo!
Había puesto unos huevos a sancochar y no quería despegarse de la ventana mientras esperaba su cocción. Lorena, su vecina, la hija de la conserje, también dedicada a la limpieza, ocupaba el cubículo de al lado y Cándido esperaba su visita de un momento a otro, después que hiciera sus compras, como siempre que coincidían en días libres, para ver televisión y hablar menudencias. Era martes, y lo más seguro es que hacia el atardecer, cuando se fastidiaran del encierro, salieran a Sabana Grande a caminar un poco.
-¡Pobre Martín, mi paisano! -suspiraba.
Algunos residentes gustaban asomarse hacia la cara interna de los edificios, desde los pisos superiores, sobre la platabanda del salón de fiestas, para contemplar también la lluvia, rodeados siempre de flores, es decir, por entre los bellos jardines que cultivaban en los balcones. ¡Qué delicia aquello! En su mayoría mujeres, exquisitas ellas hasta con sus batas de trabajo doméstico, olorosas a su rica cocina, a salas de estar perfumadas, mullidas alcobas, ...y pulcras, sobre todo, pulcras, como ha de corresponderse con gente tan decorosa, tan culta, incapaz de manchar una pared, poner un pie sobre ella o tirar un papelito sobre el piso de los pasillos y los exteriores del conjunto. ¡Qué suerte la de aquellos maridos! ¡Ojalá Dios lo regalara con una andinita así de exclusiva...! Se mudaría a un apartamento de aquellos, se comportaría igual que sus dueños, tremendos señores, con altura y cultura, sin ensuciar nada, y se compraría un carro, de los muy buenos, para pasear a su reina por el paraíso... Bueno, también pasearía a Lorena...
El golpeteo sordo de los huevos contra el fondo de la olla, señal de que estaban hirviendo, le hizo acudir a la cocina, saliéndose de sus pensamientos. Amaba la lluvia y, cada vez que llegaba, especialmente cuando caía así como llovizna, lo arrastraba hacia su contemplación, profundamente, hasta el punto que a veces ni oía ni veía su entorno, a pesar de mantener abierto sus sentidos. Como en su pueblo natal, allá en Las Travesías de Burbusay, cuando se sentaba a la orilla de una pendiente, bajo una protección cualquiera, a mirar el pueblito montañés a través de la arenilla de lluvia. Se le podía llegar la noche con sus distracciones... ¡Y era que le gustaba tanto el silencio del pueblo bajo la lluvia como el ruidillo de las gotas cayendo que lo ahogaba!
Cándido se fue a la cocina, descascaró en el chorro de agua fría los humeantes huevos, los puso en un plato pequeño de cafetería, junto a un pedazo de pan, los espolvoreó con sal y volvió a sus "ocupaciones", allá en la ventana. Lorena todavía no vendría y él contaba con bastante tiempo para sus intimidades. Las gotitas habían arreciado y despedían una tonalidad blanquecina cuando se estrellaban contra el asfalto de la platabanda. No había frío, pero su piel se había erizado, y disfrutaba grandemente cómo el calor de sus alimentos viajaba hacia su estómago. El murmullo de la lluvia había aumentado, asi como también los rostros asomados de los residentes...
Cándido los conocía a todos. Al norte, donde estaba el edificio más alejado, podía distinguir al Sr. Misael y a su esposa Marla, par de adorables ancianos; a su costado izquierdo, dos mujeres solitarias y, más arriba, una casada, la señora Valentina, en extremo amable con él, hasta el grado que le dispensaba pequeñas tareas en el apartamento por las que le pagaba; a su derecha, la torre C, había más adeptas a la lluvia, unas cuatro mujeres que se las arreglaban para conversar por entre las esquinas de sus apartamentos, dos abajos y dos arriba. Y él, por supuestos, desde su modesto cubículo de trabajo, solitario y callado como siempre, pero feliz, aunque a ratos lo pertubara la suerte de su paisano Martín...
-¡Pobre amigo..! -musitaba.
¡Y pensar que aquella gente miraba lo mismo que él, hombre simple de pueblo, con toda y su calidad de personas excelentes! Arquitectos, ingenieros, militares, escritores... La gama completa de la clase media de una sociedad límpida y progresista. Y aquellas mujeres amas de casa, sus esposas, cuando no ellas mismas las profesionales: complicadísimas criaturas que manejaban computadoras.
La vista de una niña desnuda que atravesó corriendo sobre la platabanda distrajo su atención momentáneamente, creando contraste con su rubicundez sobre la oscura superficie del salon de fiestas. Corrió feliz, con los brazos abiertos, regando la letra "A" sobre la platabanda, como si quisiera atrapar la lluvia:
-¡Aaaaaaaaaaaaaaa!
Se fue hasta los materos de las esquinas y esculcó un rato sus palmeras, unos pequeños chaguaramos que parecían sentirse alborozados con la lluvia, moviendo sus hojas, rebrillando desde lejos. La niña anduvo por allí unos momentos, sacudiendo su cabellera, aferrando los barandales de seguridad del espacio, hasta que finalmente se acuclilló sobre el piso y se puso a jugar con un pilón de arena que hace unas semanas se había usado para una construcción y que todavía se conservaba, más cercana hacia el lugar desde donde miraba Cándido. Y Cándido sonreía, satisfecho, porque aquel piso era su obra, la hoja de mérito de su trabajo. ¡Podía usted acostarse allí de los más lindo a disfrutar de la lluvia pegándole en la cara! Nada de basuras, ni de papelitos cochinos ni de bolsas voladoras. ¡Ah, y aquellas gentes!
La niña era la hija de Mildred, una magistrado que vivía en el edificio de enfrente y a quien, por cierto, no había notado entre los que miraban la llovinza. De seguro había salido un rato a la platabanda con su hija, como acostumbran a hacer algunas residentes con sus hijos para caminar un poco, y la lluvia la había corrido del lugar..., aunque no del todo, porque la muchachita como que se le había devuelto... Vaya, vaya..., con la doctora Mildred: es casi seguro que se pondría a conversar de regreso con una vecina, dejaría la puerta del exterior abierta, con la consecuencia vista de la pequeña diablita suelta, que se le había escapado, y ahora lanzaba tierra hacia arriba.
Pero ¿podía importar algo? El lugar era seguro, a la vista de todos, bellamente adornado con las palmeras y limpio, sobremanera, por obra y gracia de su trabajo. ¿A qué precuparse? Ya vendría de regreso la doctora en busca de su princesa, apenas reconviniéndose que se descuidara un poco, falta de muy poco peligro en conglomerado residencial de personas tan especiales... Ya se saben como son las madres de obsesivas, y más cuanto más instruidas: se recriminan severamente un descuido. Lorena misma, con un hijo ya grande y apenas con un sexto grado de escolaridad, a veces se mortifica por no creerse la mejor madre del mundo. ¡Mujeres!
La llovizna había pasado a lluvia, estremeciendo con más fuerzas las alargadas hojas de los chaguaramos. Soplaba. Y las gotas restallan contra el techo del salón de fiestas. La niña gritaba de gozo, como dándole gracias al cielo, y Cándido no podía aguantar una sensación total de intimidad, de protección, de secreto, de hombre perdido en el inmenso mundo, como cuando otras veces llovía a cántaros y la gente del interior del salón gozaba de sus alegrías bajo la seguridad de sus paredes. Cándido los oía gritar y saltar hasta que terminaban, por lo general hacia las dos de la mañana, cuando él acudía a encargarse de los desarreglos.
Aplastaba la amarilla yema del otro huevo contra el pan, cuando avistó la fornida figura de la magistrado sobre la platabanda, quien venía por su cachorra extraviada. Ésta, cuando la vió, se escurrió hasta la esquina norte del recuadro, detrás de las macetas y hojas, riendo ruidosamente, diciendo "¡No, mami!", saltando. La Dra. Mildred finalmente la captura y cubre como puede su desnudez, huyendo en estampida hacia la puerta, recogiendo las ropas regadas que había dejado la niña. Pero antes de penetrar al interior de su torre, busca un momento para acercarse hasta el ventanal desde donde miraba Cándido, y le espeta:
-¡Voyerista!
Cándido le saluda, sonriente, agitando sus dedos. Sabía que la mujer aparecería por su muñeca de un momento a otro, sin retardarse tanto, sin peligro alguno. Pero... ¿es que había peligros? Ninguno. Si él mantenía todo en orden y limpio, y la platabanda era un lugar divino de pura lluvia. ¡Eso sí! ¡Y qué gente aquella! ¿No? La doctora Mildred, aun corriendo su delicada humanidad (aunque voluminosa) bajo el frío de la lluvia, tiene arrestos todavía para saludarlo cortesmente. ¡Eso se llama gente! ¡Sí, señor! ¡Así si vale la pena bajar de Los Andes y trabajar, trabajar y servir al prójimo...! Y...
-¡Pobre Martín -musita, moviendo la cara de un lado otro-, amigo mío!
La lluvia alcanza su clímax y finalmente cesa, dejando como un hueco silencioso que se empieza a desvanecer con los ruidos provenientes de la ciudad. El Sr. Misael había agitado las manos para saludar a la doctora, desde allá, desde el fondo de su edificio; pero nada: la doctora corría, con ese espanto que profesan la mujeres por la lluvia y por la ruina de su maquillaje. (¡Y lo había saludado, a él, Cándido, el barrendero andino!) El sol proyectaba ya puñaladas de luz sobre el plano de la platabanda, por entre los altos edificios.
Cándido permaneció un rato más parado ante la ventana, ingiriendo maquinalmente los restos de su desayuno, y, cuando despertó, se dirigió a la cocina, fregó sus utensilios, limpiando superficies y restos, para luego tirarse sobre el desgastado sofá de la pequeña sala comedor. Encendió la TV y se dispuso esperar... Burbujeaba en su mente todavía la imagen de la rubia doctora con su hija... ¡Que gente aquella, eh!
Cuando tocaron la puerta, refunfuñó:
-Nunca vienes cuando quiero, Lorena. ¡Tenía que estar dormido! -lanzándose hacia el pasillo-. ¡Voy, voy! ¡Más te vale, mujer, que me hayas traído algo bueno del mercado para despabilarme! ¡Ya voy! ¡Mujeres, caramba!
Y, en efecto, era Lorena, pero no la de siempre. Tenía la cara larga y severa, y señalaba con su pulgar hacia atras, intermitentemente, a dos funcionarios policiales y a la Dra. Mildred, a quien intentó saludar cortesmente... Pero ella tampoco era la misma de siempre: estaba sola, sin su hija, húmeda aún de la lluvia, con el rostro transido por una indignación desconocida y una mueca agrietada.
-¡Voyerista, mirón! -le empezó a gritar apenas lo vio, para luego bajar la voz y decirles a los uniformados en un tono casi confidencial-: ¡Éste es el hombrecito, señores policías!
Cándido miró el rostro compungido de su amiga y se empezó asustar, palidenciendo. Jamás, desde sus Andes hasta Caracas, había tenido un cruce con la policía, y no sabía ni qué decir, ni cómo actuar, menos si no comprendía.
-¿Que hiciste, Candido? -oye que le pregunta afectuosamente Lorena, mirándolo con fijeza.
-¿Qué dices...? ¿Qué he hecho...? ¡Pues, nada! ¿Qué voy a hacer, mujer? Ni siquera entiendo... Te estaba esperando.
-La señora dice que te metiste con su hija...
-¿Yo...? ¿Y cómo..? No entiendo... ¿Cuando...?
-No sé... -exclama severamente Lorena- Dice que eres un morboso..., que te pegabas a la ventana... ¡No sé!
Cuando Cándido levanta su extrañado rostro para buscar el de la magistrada, ya ésta había empezado a nuevamente a decirle "¡Sádico!", "¡Pervertido!", "¡Voyeur!", "¡Descarado!", "¡Sinvergüenza!", "¡Sucio!", empujando con el mentón a los policias.
-¡Y pensar que lo hemos tenido aquí..., ¡aquí...!, dentro de nuestro Conjunto Residencial...
Finalmente, uno de los agentes se le acerca y le pregunta si él responde al nombre de Cándido Acevedo, a cuya inquisición responde que sí.
-Lamento tener que invitarlo a que nos acompañe, señor Acevedo -oye que le dicen-. Tiene usted una acusación contra daños a la moral pública... Sea tan amable de acomparnos... Por aquí, ...por favor... Venga por aquí, por favor -y los policias le señalan el ascensor, donde lo introducen después de cierto titubeo-. En la estación le aclararemos todo.
-Suba usted también, doctora Mildred -le dicen a la magistrada, quien había permanecido alejada, como asqueada de tan horrible hombre-. Ya usted lo sabe, se trata nomás de un trámite que no le quitará mucho tiempo.
-¡Pero si yo limpié todo, mis amigos... -oye Lorena gemir antes de cerrarse las puertas del ascensor, tampoco sin comprender-. No he faltado a mi trabajo..., todo está impecable... tanto..., tanto así que usted se puede acostar allá..., allá arriba... ¡Si quiere vaya...! ¡Vayan, ...por favor!
falta corrección y muchos detalles