Presentación

Un cuento semanal es el objeto de este blog, empezando el 18 de noviembre de 2.008 (¡ah, con las palabras se dice todo: seguro hago uno anual, me conozco!). Hasta agotar, si es posible el deseo de contar algo. -¿Qué loco, no, sigo con eso?-. ¿Cuarenta o cincuenta al año? Son números, que se pueden pensar y quizás no cumplir. Pero en todo caso es un estado de ánimo expuesto aquí para compartirlo con ustedes.
¿Con calidad o sin calidad el acto, la pieza, el cuento? Sea como dijera Ernesto Sábato, en El escritor y sus fantasmas
(un romático empedernido): para dar curso (¿entretener?) al alma. ¿Y el dinero, el comercio, autoría y eso? ¡No hombre, lo acabo de decir, son cuentos gratis! Nadie me los puede quitar: me pagaron su renta cuando los escribí y los pongo aquí para... ti. Quizás tenga alguno alma especialmente para tí, que lees.

Hoja personal, fantasía automedicada (la renta pagada), enfermedad desconocida, para seguir jugando con palabras.

La mecánica es irlo publicando a medida que se construye. No hay correciones finales al momento. Tirar las cosas en bruto y luego
formatear (ojo, no escritura automática).

Luego se hará la revisión final. Entonces ─tengo la esperanza─ hablaremos de una criatura más cabal, de un artefacto más tallado o jardín podado, o... de una criatura erradicada. ¡Hay tantos lugares comunes para hacernos comprender...!


Nota: si usted percibe que aquí no se escribe, consulte Cuentos rápidos, blog paralelo a este, donde es más probable se cumplan las expectativas de la frecuencia de escritura.

jueves 15 de marzo de 2012

La felicidad y media

A partir del “Poema a la clase media”

 

Tres cosas lo hacían feliz:  su mujer y su hogar, su trabajo y, naturalmente, él mismo como estado consiguiente de lo precedente.  Aunque, en medio de un saludable delirio de perfección, de continuo se preguntaba si el asunto no sería a la inversa, que fuesen los dos primeros aspectos efectos de su feliz complexión personal.

Lo cierto es que él mismo era su mejor carta de presentación ante el mundo y su persona, fuente consuetudinaria de satisfacciones, mucho más esplendente si se cae en la cuenta de que el mundo parecía desplomarse cada vez más, aquejado por la inconstancia y ausencia de propósitos.

Es verdad, hay que decir que aún no era un hombre descollante entre los humanos de su tiempo, seguramente por estar cumpliendo el ciclo natural del crecimiento sideral, como hay que aclarar con toda lógica.  Esto es: nacer, desarrollarse, existir… No pasa el grano a ser espiga o flor si primero no acomete una empresa de establecimiento y soporte en medio del humus del fango.

Dígase que se trataba de un perla perdida y aún camuflada en medio de la corriente rutinaria de la masa humana, pero perfecta en su especie y circunstancial aplicación mundanal, vitalizante del porvenir (si cabe expresarlo así), ubre (sí, a su modo y con el perdón de la inmodestia), ubre promisoria de una raza quizás divina.

Ya era clase media, o sea, ya sus cuentas bancarias y salud mental habían alcanzado tal nivel de evolución que parecía haber salvado el difícil abismo de la conciencia de clases, barrera esa discriminatoria de la excelencia humana.  Por supuesto, sin posibilidad de regresión alguna, lo cual no significa más que la eternidad de alguna forma, es decir, el no perder nada a pesar de perderlo todo, dada la eventualidad del caso.  Vulgarmente, en términos materiales: que pobre podría quedar por quién sabe qué sátira jugada del destino, pero jamás sin su conciencia, millonario estandarte de su decantada condición humana.

¿Quién podría negar sus conquistas?  Apenas podía desplazarse en su casa por causa de tantos enseres comprados, utensilios electrónicos o mecánicos regados por doquier, en su momento pedimentos necesarios de la vida moderna y aperos consecuentes de su propio estatus.  Encarnaba su mujer la preciosa muñeca idealizada desde su profundidad hormonal y quizás más allá, desde el fondo de su masculinizada educación infantil:  una belleza manejable y sensual.  Encajada en la seda de una vida cómoda, entre pulcras paredes y amplias luces, cernida sobre sí misma, como la ególatra belleza de una flor extendida entre el cielo y la tierra, iluminada por el sol.

Y no había cartilla social ni tecnocrática que no hubiere colmado:  dos vehículos roncadores en el hangar de su hogar ─se dirá─, una añosa casa con ribetes coloniales, la emperatriz de su mujer adentro, prestigio entre los de su clase y un estratégico puesto de trabajo como posición para la conquista del universo.

Porque en su trabajo era un gerente, que es como decir jefe y propietario relativos en la escala de poder de la empresa.  Manejaba personal, decidía vidas a diario y, como obra de su preclara influencia universitaria, pronunciaba los pasos en el crecimiento monopólico de su firma.

De modo que como la luz brillaban su estampa y puesto de trabajo, pulidos tesoneramente por su amor propio, lo primero irremediablemente por ser asiento estructural de su encomiable existencia y lo segundo también por ser asiento de su vida y mayor parte del tiempo, su segundo hogar casi, suerte de campo de guerra donde fraguaba a diario coronas de olivo contra las objeciones mundanas.

Su hogar y mujer seguían luego digamos en esta escala de tiempo, que no de prioridades.  Eso se comprende.  Hasta un idiota habrá de entender que no es posible transcurrir la mayor parte del tiempo sobre aquello que más se ama, sobre el lugar adonde se pertenece, y la razón es precisamente el desmedido amor mismo:  se le atiende indirectamente, mediante el esforzado trabajo y el pulimiento personal, rindiéndole tributos como un río al mar, con cargamentos de prosperidad y ricas piedras.

Sin embargo, a pesar del razonamiento, ello era lo único que podría perturbar la perfección de sus días, puestos a buscar ripios.  Pero era apenas un detalle, un pétalo herido de cielo, que solía conjurar filosóficamente proponiéndose que tanto su empleo como su excelencia personal debieran ser una consecuencia de su dedicación al hogar y esposa, como osadamente se atrevería a pedírselo a la vida, tan generosa con él.

El día que descubrió que su mujer lo engañaba en ese poquito de tiempo que jamás pudo gerenciar en su casa ─por no hablar de dedicación─, muchas perfecciones de este mundo se derrumbaron ante sus ojos, nada razonadas ni doblegadas por sus acostumbradas armas de combate; aunque, hay que decirlo, supo mantener su compostura hasta el final, su talla de guerrero invicto y, si murió, lo hizo en medio de su preclara conciencia de clase adquirida, a la que su mujer jamás debió ni siquiera pretender aspirar.

Que no conozcamos su nombre es parte de la inmadurez de la muerte o vida al llevárselo.

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martes 29 de noviembre de 2011

Alquimista

¡Eureka!  ¡Lo había conseguido!  ¡Jamás se imaginó que la vida y la Providencia así lo premiarían, ni que pronunciaría tan griega y ansiada palabra!  ¡Señor Creador, después de tantas noches sin sueño y tantos días sin alimentos!  ¡Después de tantas privaciones, sin amor, sin amigos, sin familia!  ¡Después de tantos años sin vida (pero con semejante resultado de vida para todos)!  Él a solas, con sus números y pensamientos.

La panacea del mundo, la vida y la muerte confundidas, la obra soñada por los tan infinitos alquimistas que han sido, un más allá de la eterna fuente de la juventud, por comparar su hallazgo con algo.  El mundo lo aclamaría incluso antes de transformarse con su invento.  ¡Adiós hambres, adiós muerte, adiós enfermedad, adiós tristeza!  ¡Con su genio, el animal humano, prácticamente, se convertiría en luz, en una verdad etérea de la felicidad!  ¡Aaahhh!

Y pensar que todo estaba en la naturaleza, implícito, debiéndose nomás llegar a su secreto mediante los pasos bien guiados del genio y del pensamiento, como él lo hizo, así a solitas consigo mismo.  ¡Todo existe y resta nomás encontrarlo!  Existe el genio, y la sabiduría no es más que una suerte de libro lo lee a él en vez de lo contrario.

Y pensar..., pensar..., pensar que, después de tantos arduos años de trabajo, todo estaba sintetizado allí en el contenido del portafolio, en un cuenco espacio pequeño inocente de su inimaginable grandeza.  Quinientas hojas, a lo más, condensaban frases dramáticas y revolucionarias sobre la naturaleza humana y la vida, sobre la transformación final de lo espiritual conocido, sabiduría repartida en numerosas y complicadas fórmulas matemáticas de su ingenio.

Se serenó.  Debía dar a conocer sus hallazgos.  Debía encaminarse hacia el mundo y su gloria desde la apartada cueva de asceta en la que se había confinado para realizar su trabajo.  Era de noche y hacía frío.  Se encontraba en medio de la frondosa montaña de una tierra tropical, iluminado apenas por sus velas científicas y el velón de la luna redonda.  Su atuendo en general desdecía de su ominosa grandeza; sus ropas perforadas no necesariamente tendrían que delatar los enormes esfuerzos de su intelecto en pos de la verdad precipitada; sus cabellos se habían apelmazado en una sustancia que él estaba seguro repugnaría al mundo que él estaba a punto de transformar.

Pero no se contuvo.  Bajó emocionadamente la montaña, con su portafolio a cuesta.  Bregó aquí y allá, luchando contra las zarzas y ramas, para llegar con ansiedad hasta la falda de la montaña.  No tardó en divisar los primeros síntomas de la civilización humana, por él tanto tiempo olvidada:  vagabundos que esperaban una cocción de alimentos sentados alrededor de una fogata.  Más allá, a lo lejos, hormigueaban las luces de la ciudad.

─¡Oigan!... ─les gritó, corriendo hacia ellos─ ¡Soy con ustedes, portador de buenas nuevas!  ¡La solución a todos sus males!  ¡La vida, vida eterna!

Los vagabundos se incorporaron muy rápidos, alertas; pero, al verlo, lo tomaron como uno de los de su oficio y le sonrieron.  Sin embargo, transcurrido unos minutos, en los que el hombrecito no cesaba de proferir incomprensibles exclamaciones, saltar y agitar el extraño portafolio, lo ataron y amordazaron al árbol más cercano.

Abrieron el portafolio, con el deseo en los ojos de que en realidad contuviera una práctica alquimia para sus reales problemas (como gritaba su portador), rogando en el fondo que resultase ser la rica valija de un extravagante personaje...  Pero se decepcionaron con los papeles, y así se lo hicieron saber al hombrecito loco de la mordaza.

─¿De dónde sacó usted tanto papel, señor rata? ─le espetaron─ ¡Qué inutilidad de portafolios!

Y el hombre-rata pudo ver desde su árbol, detrás de los gritos contenidos por sus amarras, como la noche se hacía más tibia e iluminada con las llamaradas.

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miércoles 16 de marzo de 2011

El mensajero orgasmo

Flecha Veloz avanza entre las calles, como combatiendo.  Una vez evade un chorro de humo que le lanza un autobús furioso; otras, la posibilidad de choque con el millón de gente que sale a la calle, como él, a ganarse la vida.  Finalmente, llega...

[Su vida era una rutina perfecta.  Llegaba a la oficina, se presentaba, tomaba café, saludaba, echaba chistes con sus amigos unos minutillos, recibía el encargo (cientos de sobres mensajeros) y luego salía disparado hacia el mismo corazón de la ciudad, El Silencio, Caracas.

En ocho años como puntual mensajero se había ganado su distinción, “flecha veloz”, surcando el viento en medio de un territorio pequeño pero denso, además de codiciado por sus compañeros..  No se trataba tanto del trabajo físico que tenía que desplegar para cumplir con sus tareas como del duro temple que se requería a diario para afrontar ese zaperoco llamado “ciudad” (¡madera como de su propio tallo!).  Los destinatarios todos estaban cerca, ahí mismito, pero después de mares de carros y gentes, muchas veces encarcelados entre edificios sin conserjes, sin buzones, hoscos. No cualquiera podia…

Y Flecha Veloz terminaba temprano, por ahí como a las dos de la tarde, siendo el primero en retornar a la oficina a hacer el descargo de las entregas y el primero en irse para su casa, si es que no tomaba algo extra, cosa que hacía con rareza.  En cambio, sus compañeros caminaban mucho, sobre territorios poco densos, pero extensos, como muchas zonas del este de Caracas; y había algunos que realmente trabajaban muy duro, en zonas tan extensas como complicadas o peligrosas, como Catia.

En fin, todos lo firmaban como el as de la mensajería, especialmente en los últimos días que finiquitaba su trabajo prácticamente hacia el medio día, de doce a una.  Una maravilla a ojos de tanto amigo de faenas, compañeros que se alegraban por él molestándose y a veces hasta renunciando. 

Pero en verdad nadie lo conocía, más allá del Flecha Veloz que trabajaba en la zona más estresada y estresante de Caracas, ni más allá de ver que se iba a casa temprano.  Si, cierto, era verdad que no fallaba, y entregaba y entregaba, en virtud de su agilidad, conocimiento del área, memoria y resistencia para tanta locura y humo citadinos.  Para ser exactos, hasta se puede decir que Flecha Veloz, después de tanto tiempo, trabajaba automáticamente, cual máquina, conociéndose los recovecos de la ciudad, más fácilmente si cuanto más se repetían los destinatarios.  Llegaba, tocaba y, antes de que le abriesen, ya sabía que le habían firmado el recibo.  Sin embargo, Flecha Veloz tenía la angustia y certeza de que algo no andaba bien en su cabeza después del trabajo, que se hacía torpe y olvidadizo.  Algo le ocurría que le llevaba, por ejemplo, a pedir un café cuando ya le preparaban el primero o a encender un cigarrillo cuando ya uno humeaba en sus labios.  Una vez se durmió en plena tarde sobre un banco de la plaza Bolívar, rodeado por una sarta de viejitos somníferos.  Era como si en la mañana dejara todo el cargamento humano-personal en su trabajo (memoría, certeza, conciencia, afecto) y sólo le quedara una pizca para medio funcionar el resto de la jornada (como en un orgasmo, amodorrándose luego en medio de un agua cenagosa).

Así había empezado a pasar sus días, como si esperara el otro para… ser Flecha Veloz. Lo peor es que cada vez terminaba más temprano (no lo podía evitar) y se sabía (aterrado) a la merced de esos cada vez mayores lapsus como de inexistencia].

Finalmente, llega frente al edificio, el último de su jornada.  Son las 12:30, y se remarca que, jodidamente, en verdad está haciendo su trabajo muy rápido.  Pero se distrae imaginándose a sus camaradas, por allá por otros lares, reventándoseles las patitas. Sonríe.

Conoce el edificio, no muy funcional que digamos, con una conserjería que trabaja a destajo.  Ella se le acerca y lo saluda, y él le guiña el ojo y dice que le ahorrará el trabajo yendo el mismo al apartamento a entregar el sobre.  Ella le devuelve una sonrisa, agradecidamente.

En tres segundos Flecha Veloz está en el quinto piso tocando una puerta donde había ido tantas veces.  Lo conoce bien, un viejo gruñón, semidormido, que siempre parece como regatearle saber mejor que él que ya trae un sobre.  Flecha Veloz lo odia siempre, pero disfruta con semejantes aspavientos y así se considera compensado.

El viejo no está y se dice “¡Vaya, me iré más rápido!”  Tan poco dura que la conserje aún sostiene la puerta cuando baja.  Atraviesa su mundo polvoriento y ruidoso, la avenida Baralt, donde corren locos por doquier.  Cuando entra a la oficina, el jefe de envíos almuerza.  Se levanta y le exclama:

─¡Ya, por dios, señor Flecha, son las 12:30!  ¡Un día de estos no nos dejarás comer!

Flecha Veloz se acerca, deposita el sobre sobre el escritorio y dice, con cara de certeza:

─Fue el único que me sobró.  El viejo cabrón no estaba.

Con rapidez y mecánica, el jefe de envíos arrastra el libraco para registrar la devolución.  Pero gira dos o tres veces el sobre, rascándose la cabeza.

─¡Pero, padre mío, estás que vuelas tanto que ni tu mismo te ves! ─le suelta el jefe sonriente, feliz por su almuerzo─.  ¡Este sobre es para tí!

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martes 25 de agosto de 2009

Hidrofobia

Sólo parecía haber dejado de llover en la noche, cuando se durmió.  El domingo todo se la pasó murmullando el monte en El Hatillo, con chorreras por doquier y un cielo como aplastado.  Ni siquiera un pájaro desde la ventana de su casa.

Y ahora que venía a su ferretería en Caracas, supuestamente lejos de las montañas de los alrededores de su residencia, Benito comprobaba que también llovía.  La ciudad todo un pegoste, envuelta en la garúa eterna, hasta casi sin tráfico, para ser un lunes en la mañana.  Y por lo visto, como lo pintaba el cielo, sin gran cosa en las ventas por lo que restaba de jornada.

─¡Vaya calamidad!

Le parecía haber dormido en silencio, sin esa tensión sonora de que afuera salpicaba la lluvia y la vida entera era como una pendiente resbaladiza.  Pero tenía que haber despertado para seguir corroborando que el cielo se seguía meando sus dos ciudades, desde allá hasta acá, desde su casa hasta su lugar sagrado de trabajo.  La odiaba, y no sólo porque era comerciante y le mojaba el tiempo, que valía oro; sino porque también le ocupaba también con su trueno las breves horas de su vida en que nada quería saber ni de tuercas ni tornillos.

─¡Con mil diablos!

Durante el recorrido por la autopista de Prados del Este le había acompañado con su fastidio.  Restallaban las llantas sobre el pavimento y las gotillas sobre el parabrisas.  ¿Quién carajo habrá de construir o reparar una casa en medio de semejantes condiciones?  Sin sol, con frío, ¿qué baratija vendería?

Nomás el hecho de haber llegado media hora antes de lo acostumbrado a la esquina Las Piedras, detrás de Radio Caracas, donde solía aparcar su camioneta desde hacia unos veinte años, le presagió uno de esos inconfundibles días rompe-rutinas.  La vista de su esquina a las siete de la mañana, ahogado el letrero de la ferretería en medio de un zumo de lluvia, le imprimió más tonalidad de frío al humor de sus huesos.

─¡Vaya calamidad!

Fue el primero en llegar, incluso antes que el caletero, que temprano siempre lo aguardaba para quitar el barril encadenado con que aseguraba su aparcamiento y que luego se dedicaba a recoger los desechos del día anterior para que “el señor Benito inicie su trabajo de manera muy limpia”.

Cerró los vidrios manuales de su camioneta, miró a un lado y otro y, arremangándose los pantalones, abrió la puerta y cruzó corriendo la acera hasta la entrada de su local, donde se detuvo sobre el canto del escalón que sobraba de su piso y la cerrada puerta Santa María.  Miró cómo a sus pies la chorrera se estrellaba contra el suelo y salpicaba como enjambre el ruedo de sus pantalones, lo cual lo puso a pensar que ya como comerciante iniciaba el negocio con pérdidas.

Terminó de abrir la puertilla de entrada, tomó su consuetudinario asiento en la caja, esperó a sus empleados y no tuvo otro remedio que contemplar con odio cómo la fulana llovizna no amainó sino hasta las once hacia el mediodía, secuestrando sonrisas, clientes y hasta esperanzas con el eterno ruidillo ese de los mil infiernos.  Mediodía de pérdidas, aunque pensó en la tarde ─sin lluvia, y de modo irracional─ como en su venganza.  Hasta tal punto mascullaba su ira.

Pero una hora después, cuando apenas había asomado un pedazo de optimismo el sol, una nube negra coronó el cielo de Caracas y desató una lluvia furiosa, que ya no soltó, con su ritmo intermitente, el resto de la jornada.  El señor Benito hasta que imaginó que podría caer granizo.

─¡Con dos mil diablos!

A diferencia de otras ventas, nunca cerraba a mediodía, cuando sus empleados almorzaban.  Pero hoy don Benito no estaba para tolerar el estruendo, los rayos del cielo, la chorrera por doquier, cuchicheando sobre el pavimento, y, sobremanera, ese maldito ruido que no parecía querer acabarse jamás.  La gota que rebosó su paciencia fue la gente, que sin pretensión de ser cliente empezó a pisar su ferretería para guarecerse.  Nadie compraba un clavo, y lo consideró una afrenta del destino, un insulto irónico de la vida, dado que casi nadie había venido en la mañana y sólo pudo despachar una venta; …y ahora que almorzaba o llovía con más fuerza…

No se contuvo.  La vista de aquellos pies, metidos más de la cuenta hacia el interior de su ferretería, escurriendo el odiado líquido hacia sus vísceras ─se dirá─, hizo que tomase la decisión de cerrar, hecho que dejó perplejo a más de un rostro de empleado.

─¡A comer todos!  ¡Hora de almuerzo!  ¡Bajen esas Santa Marías! ─ordenó con voz contrariada, rematando luego en un tono más quedo─:  ¡No será esta vaina una guardería de camisas mojadas que no compran!

El empleado más alto se dirigió hacia la gente y le pidió se rodase, mientras su manos asieron la puerta enrollable, una red metálica que permitió seguir observando cómo tuvieron que correr los más ágiles bajo el temporal, allá cruzando la calle,  mientras los que se quedaban se apretujaron sobre el pedazo saliente del escalón..

La voz de un rostro sucio, que Benito creyó reconocer en un vagabundo de la cuadra, estremeció la malla de hierro y le gritó:

─¡Maldito viejo coño de tu madre, ojalá y te parta un rayo!

Benito quedó en silenció, siempre sentado en su sillón, no queriendo probar un bocado, presenciando cómo el resto de la luz del día se la pasó encharcado, mirando sin mirar la estructura blanca del Colegio de Monjas de la esquina.

A las seis nuevamente manejaba hacia su casa, en El Hatillo, siempre acompañado por su cielo encapotado.  Pensó sólo en el silencio que se le podría arrebatar a la lluvia, en dormir, en protegerse del enconado cielo, que no hacía más que desparramar agua sobre valles y montañas.  Hasta la noche llovió, al menos hasta el momento en que el señor Benito se enclaustró en su habitación y ordenó a los miembros de su familia (un hijo que nunca estaba y una trabajadora doméstica vieja) conectar los teléfonos y suspender las visitas, de modo que nadie lo molestara.  Ni siquiera un pajarito sobre el dintel de su ventana, la cual cerró, como si intentara ahogar el firmamento.

A la mañana siguiente lo despertó un fino rayito de luz, oblicuo sobre la pared; unos montes sonoros en las laderas hatillense, casi de un verde transparente, de tanta luz que había; y mil pájaros…, mil pájaros cantando y dibujando sobre la página del cielo.  En la autopista de Prados del Este lo acompañó  la hora de siempre, es decir, su vida recuperada:  el manejar lento y cauteloso, la hilera de carros como penetrando cual aguja a la ciudad de Caracas, bañado el orbe por un sol luminoso y hasta contento por volver feliz a sus días de trabajo.

Aunque al llegar a la altura de Puente Hierro, por la entrada de la Inspectoría de Tránsito que lo conduce directo hasta su trabajo, notó que el tráfico era extremadamente embarazoso, más “normal” de lo que habría deseado.  Mas ni se conturbó e hizo como le había tocado hacer en situaciones parecidas.  Calculando que llegaría tarde a la ferretería ─retardo en que un propietario no puede incurrir─, aparcó en un estacionamiento y empezó a caminar.

Pero no tardó en saber el porqué de la enorme tranca.  Sus empleados venían en sentido contrario por la calle, casi corriendo sobre las aceras, sin duda alguna buscando, dado que conocían su camino acostumbrado.  Le comunicaron que la ferretería ardía y ardía, en altas llamaradas, y que los bomberos no habían podido llegar al sitio por causa del congestionado tráfico de la mañana, sequía seco todo, sin una gota de agua.

[escrito de un tirón, pendiente correción]

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lunes 8 de diciembre de 2008

Bambino viejo

Josh Basora hojea la prensa en un cafetín de la avenida Rafael Urdaneta.  Es viernes aún por la mañana, pero se nota ya el ajetreo típico del fin de semana, esa apurada carrera de los caraqueños por llegar hacia el final del día y gratificarse con unas cervezas, comidas o, según sea el caso, aventurilla amorosa o familiar.   La gente gasta a montones, principalmente porque la navidad se acerca, y eso lo exacerba, lo pone de puntillas para el trabajo, porque significa que habrá más dinero en su bolsa para cuando se venga la noche.  Es la garantía para sostener sus últimos años de vida.

Mas su café lo disfruta plenamente, mirando a través del ventanal el paso apresurado de la gente en la calle.  U hojeando los titulares.  Más allá, levantando un poco la vista, justo frente a la Plaza La Candelaria, se destaca su puesto de trabajo:  solo, límpido y alto sobre la vialidad.  Hará apenas unos días cuando se lo prestó a uno de los nuevos fiscales de tránsito que puso el gobierno a trabajar, para que dirigiese mejor el tráfico desde tan magnífico pedestal.  Pero se lo tuvo que reclamar al regreso, porque el fiscalito parecía haberle tomado gusto al puesto y no se lo quería regresar.  Así sería de bueno.

Josh Basora no se apura.  Sabe que en pocas horas levantará el día, y no tiene objeciones en retardarse en su pequeño placer, fijando su ánimo entusiasta para más tarde.  Lo importante es que hay gente y tráfico a granel, de manera inevitable —se dice—, conviniéndole la congestión a las mil maravillas.  Ni cien policías de tránsito podrían impedir que los transeúntes lo mirasen, desde las aceras o el interior de los carros, él mismo contribuyendo con la pegajosa circulación de tanta alma apresurada en la ciudad.  De hecho, no se podía hacer otra cosa que mirarlo amenamente desde la butaca de un vehiculo en cola o desde una aglomerada esquina de personas que esperan el cambio de luz en el semáforo.

—¿Más café, señor Josh? —le pregunta el cafetero, esbozando su eterna sonrisa burlona.

Pero él apenas se inmuta, moviendo negativamente la cabeza.  Su vista había dado con una viñeta de esas del periódico, de denuncia social, que de pronto lo sume, relampagueantemente, en el recuerdo de su difunta esposa, pérdida, por cierto, en un accidente vial, cinco años atrás, en el mismo sitio donde ahora trabaja a diario, ahí en la esquina Candilito.  Es la tristeza de sus años —se repite siempre que no puede evitar la vena torva de su tragedia—.   De manera fulgurante, como el mismo rayo, la trae a su memoria, tendida sobre el pavimento, rodeada de gentes, atropellada por un motorizado.  Cinco años hará, de los cuales dos y un tercio lleva rindiéndole el homenaje de su trabajo en el mismo lugar, como para que ya no tenga que recordar nada, ni traerla de ningún lugar, ni sufrir tanto, y siga estando allí, como estuvo siempre, siendo parte de su vida corriente. Y así mismo, de modo tan fugaz, la recoge también, acaricia su pelo blanquecino, la coloca en la urna y la despide hasta el camposanto, retornando a la estampa presente del periódico, donde un indigente aparecía sentado sobre el suelo rodeado de numerosos motociclistas.

Josh Basora vuelve a lo suyo, sonriéndole al empleado, aunque no puede evitar el surco de una vieja lágrima en la mejilla.  Así se había tornado en los últimos años, combinando alegrías con tristezas, como cuando llueve sin que el cielo se nuble.  Debía mezclar el sol con la luna, como en las viejas historias infantiles, que ponían al sol a cortejar a la luna como a una dama presuntuosa.  Un hecho normal cuando se trabaja de manera tan pública lo hace.

—Es el aire, hijo —le dice al cafetero—, que me aporrea los ojos.

El cafetero expele un sonoro silbido y se hunde en la penumbra del local, levantando las manos, semigirando la cabeza.    Josh, definitivamente, se siente optimista, sabiéndose dueño del poco dinero que pudiese necesitar para continuar viviendo.  La gente le da vida a la calle, a rabiar, si así es posible expresar el sentimiento contrario de entusiasmo.  Termina su café, dobla el periódico y lo coloca debajo de un brazo, extiende sus manos frente a sus ojos y las abre y cierra, mirando la ribera arriba de sus muñecas y brazos.  Allí falta el bello, y unas oscuras manchas, ya de cicatrices, rodean su periferia.  Es la marca de su trabajo...

Josh se inclina un poco, toma el aro del suelo y se lanza a caminar, entre el río de gente.  Cuatrocientos días continuos en lo mismo le dan movilidad a sus pies, que saben a ciegas dónde pisar.  Y también los cuarenta años en Venezuela, desde que se vino de Italia, de la que apenas recuerda ciertos árboles del frío.  Cuando le preguntan por su origen, suele responder que ama al país como a sus propios hijos, dos bambinos que se habían ido a Italia, a casa de sus abuelos, todavía en forma de bambinos, sin volver más; que Venezuela le había dado dos hijos, aunque no los tuviera con él.

Su cuerpo cuadrado parece bambolearse al caminar.   Setenta y cinco había cumplido dos meses antes, y solo la tristeza y soledad lo habían empujado a la calle a trabajar. Aprieta con fuerza la mano que sostiene el aro, lo mismo que la otra, vacía, misma que dirige hacia el interior de su pantalón bombacho para sacar su bolsa de monedas.  Se siente fuerte y optimista, salud que jamás había encontrado en la penumbra de su apartamento desde que Aída se marchó.  Tal vez fuera el mes de diciembre —piensa—, que todo parece revivificar... recuerdos incluidos..., como tal vez fueran los carnavales de su país, aunque no los recuerde...

Tal vez.  Lo cierto es que Josh siente tal exaltación por sus minutos presentes de vida que imaginó que si la muerte le viniera la recibiría en paz.  Apenas un hilillo de remordimiento lo mortifica, ese sentimiento de mezquina alegría que suelen sentir las almas cuando están muy unidas a otras.

—Pero ya no veremos, Aída —se recompone, murmurando en voz alta—.  Sólo es cuestión de tiempo, quizás de horas...  Nadie sabe.  Sólo sé que estás aquí conmigo, donde me la paso la mayor parte del tiempo —sigue murmurando cuando se para en la acera y mira el lugar donde cayese su mujer.

La multitud lo mira.  El tráfico se detiene.  La luz cambia a rojo para darle paso.  El fiscal de tránsito se baja del montículo en medio de los dos canales de la avenida Urdaneta para darle sitio.  Muchos sonrientes, otros expectantes; los más, burlones.  Al fondo la plaza hervía de rebullicios.

Josh cruza la calle impasible, acostumbrado al efecto causal de su persona.  Se baja, mientras tanto, las mangas de su camisa hasta las muñecas, abotonándoselas.  Llega a la isleta de la avenida y, con alguna dificultad, sube al montículo, bajo la mirada casi odiosa del policía de circulación.  Abre y coloca su bolsa de monedas sobre el piso.  Mira el sitio de su esposa y luego, como encomendándose a la Providencia, se concentra en su tarea, sonriendo inicialmente.  Levanta el aro y, calzándolo en una de sus muñecas, lo empieza a girar de manera imperturbable, indetenible, como hacen las bailarinas con la cintura.  Allí habrá de esperar la llegada de la noche.

Las monedas empiezan a caer a sus pies.

[falta corrección]

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